“Te doy mi palabra” es una fórmula universal con la cual los hombres han certificado sus verdades y cerrado históricamente sus pactos. Parte de ser hombre ha sido la capacidad de dar la palabra y mantenerla. Los hombres detentan la palabra. La dan todos los días en los medios de comunicación, en la Academia y la ciencia, en la política y en los tribunales…

Sin embargo, hablar de palabra de mujer remite a un imaginario bien distinto. De ahí que ante las agresiones sexuales de aquello que primero se duda es de la palabra que se dio o no al agresor. Que las mujeres decimos no cuando queremos decir sí es una de las simplificaciones más difundidas en la pedagogía del desprestigio a la palabra dada por las mujeres. Decir que no es insuficiente porque la voz de las mujeres no sólo no es audible sino que carece de reconocimiento y de validez alguna para el agresor, que sólo entiende el lenguaje de sus pares.

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